En la tarjeta del evento estaba mi nombre, cargo, empresa. Pero la pregunta llegó igual, varias veces durante la mañana: "¿a qué te dedicas?". Era un evento de los buenos, y la conversación de fondo se repetía: criterio frente a la inteligencia artificial. Hablábamos de cómo no entregarle el juicio a la máquina. Y sin embargo, el icebreaker era el mismo de hace quince años.
Lo que me marcó, después, fue mi propia respuesta. Dije "tengo una empresa de tecnología". Usé mucho la palabra "tengo", más que "hago" o "creo", como si tener fuera más cool que hacer. Me hubiera gustado responder otra cosa. Que tengo muchos sombreros. Que soy consultor, creador, marido, papá. Que a veces escribo. Que a veces vendo. Que a veces no tengo idea qué estoy haciendo, pero avanzo igual.
Me fui pensando en otra cosa. Hace algunos años leí a Hannah Arendt y ordena estas confusiones. En La condición humana separa cosas que nosotros mezclamos como si fueran lo mismo. Una cosa es la labor: comer, dormir, lavar los platos otra vez, todo eso que se deshace apenas uno termina de hacerlo. Otra es el trabajo: hacer algo que queda, una mesa, un texto, una empresa que sigue parada cuando uno ya no está. Y después está la acción, que para Arendt era la más importante de las tres: meterse con otros, exponerse, equivocarse en público.
Después vino algo más raro: empezamos a confundir trabajo con empleo, y empleo con identidad. Entonces la pregunta "¿a qué te dedicas?" dejó de ser práctica. Se volvió casi policial. Como si uno tuviera que mostrar credenciales existenciales antes de conversar.
Lo que está pasando hoy con la IA crea una crisis del empleo de jornada completa, una forma histórica que ya venía sufriendo desde antes. La IA solo le pegó el último empujón.
Y se nota en la cancha. Estas semanas me ha tocado estar adentro de varias capacitaciones con equipos distintos. El patrón se repite. La primera vez que abren Claude o ChatGPT hay una leve resistencia, dudan, miran al de al lado. A la semana siguiente están usándola dentro de sus procesos diarios, con la naturalidad de quien aprendió Excel hace quince años. Llevamos desde 2023 escribiendo, haciendo eventos, especulando qué "trabajos" reemplazaría primero. Y se integró en una semana.
Si se integra tan rápido y mejora tantas cosas, la pregunta más lógica es: ¿qué estábamos haciendo antes?
El trabajo como puesta en escena
Buena parte del trabajo de oficina es de "estar" trabajando, no de producir. Reuniones que podrían ser correos. Correos de tres párrafos donde sobran dos. Informes de cuarenta páginas que nadie va a abrir, y todos en la sala lo saben. La IA no destruye eso: lo hace en treinta segundos y a veces mejor. (Ojo siempre con el criterio, pero esa es otra columna.) Lo que termina apareciendo es cuánto del trabajo de escritorio siempre fue una puesta en escena. Hay una historia que circuló hace poco sobre una persona que fingió trabajar durante doce meses sin que nadie lo notara. Doce meses.
Una mañana en Puerto Varas
El año pasado estaba con mi familia, al interior de Puerto Varas, la semana del 18. Había llovido la noche anterior. Salió el sol temprano. Sentí ese olor a tierra mojada, café en mano. Y pensé algo bastante simple: ninguna inteligencia artificial me puede hacer sentir cómo esa mañana. Al final somos mamíferos, aunque nos dé vergüenza admitirlo en un panel sobre IA.
Esa frase, cliché, es la pista más importante de la conversación. Lo que la IA no puede hacer no es necesariamente lo más sofisticado del trabajo moderno. Muchas veces es lo más viejo. Entender al otro cuando dice una cosa y quiere decir otra. Sentir peligro. Cuidar. Improvisar. Decidir con la mitad de la información, igual. Saber cuándo insistir, y sobre todo cuándo callarse. Lo que se sigue bautizando como "trabajo del futuro" se parece más al del cazador recolector que al oficinista del siglo XX.
Vuelvo al evento
Vuelvo al evento. A la pregunta, y a mi respuesta fome. Si pudiera contestar de nuevo, no diría "tengo una empresa". Pero tampoco recitaría los cinco sombreros, porque sigue siendo demasiado para una conversación de pasillo. Diría, quizás, que estoy intentando entender qué va a seguir siendo mío en cinco años, y qué le voy a entregar a la máquina sin pudor ni rabia.
Luego de dos planas igual les dejo la pregunta: ¿Qué es trabajo?
